…En un mercedes blanco llegó…

Publicado: julio 28, 2008 en POESÍA JASS

 

Quejidos de aluminio la luna se lava la cara en un testamento de papel Albal.

Goyo, Gregorio, así se llamaba el Jato. ¿para qué se murió el Jato?, pues vaya usted a saber, porque Goyo, así le dice su madre cuando le busca por los bochinches destartalados de los poblados gitanos, tenía estrella, sabía de todo un poco, un poco de coches, un poco de vino, un poco de poesía, pero no tenía ni puta idea de mujeres.

 

Esto lo digo, no para excusar su mala cabeza, sino para tratar de entender las motivaciones del Jato -perdón del Goyo- para tirarse al arroyo como rana en agosto.

 

Yo creo, porque me lo han contado, y los que me lo han contado estaban en sus cabales, que Goyo estaba enamorado de Julita, la hija sin tetas de doña luisa, y que ese enamoramiento le tenía últimamente algo distraído de las carreras de caballo, por eso mismo y por lo otro, andaba más despierto y los poemas que escribía en el reverso de los cartones de las cajetillas de cigarro eran cada vez más luminosos, las palabras crecían y crecían por encima del calor de junio, julio y agosto; cierto que el mono le picaba por todo el cuerpo, pero el tragaba saliva y tiraba p´alante sin meterse con nadie.

 

También crecía Julita, cada día redondeaba una curva nueva, cada semana un suspiro como alambre rojo de calor salía del gaznate de los vecinos, manolo el de la sanmiguel sudaba granos tostados de café cada vez que se cruzaba con la gachí, hasta el Pajas la miraba de reojo y eso que todos tenían de seguro que el Pajas era julai.

 

El Goyo la miraba con jelí y escribía, no la daba mucha coba “hola y adiós”, pero cada vez se chutaba menos, o por lo menos lo intentaba, se “estaba quitando” decía como dicen todos, pero el Goyo –como le llamaba su madre- tenía estrella y Julita lo saludaba dando brincos, le cholaba el chisquero y le frotaba los pechos que gritaban por salir antes de que acabara el verano, en la espalda mientras trataba de leer lo que el pobre Goyo estaba escribiendo y trataba de esconder con sus manos de calaca.

 

Cuando las espichó, nadie se coscó hasta la amanecida, el Jato ya estaba más tieso que la mojama; lo encontraron los de la basura acurrucado como un cachorrillo después de una tormenta.

Eran las seis en punto de la mañana, no pasaba ni dios por las calles y corría un biruji que enchinaba las pestañas.

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