Cuento

Publicado: abril 1, 2009 en POESÍA JASS

Ese dios que se aúpa sobre el muro que separa el patio de los niños del de las niñas
No ve nada que no reconozca de su hermana o de su madre, rodillas llenas de marcas rojas , verdes y moradas, el cuello desmadejado y con perdigones de sudor, ojos, bocas, dientes, carcajadas que saltan sobre una cuerda de esparto.

Julia tiene un lunar en la mejilla, debajo del ojo derecho, se puede trazar una recta perfecta entre la punta del sabañón de su nariz y la mancha café del tamaño de una cadera de hormiga, Julia por eso no termina nunca de reír ni de sonrojarse, su lunar se conmueve y se desplaza hasta tocar las pestañas cuando llueve o cuando hace frío y parece que fuera a nevar, las ventanas se trastean de aliento y en las mejillas de los perros juega una baba gris del tamaño de un alfiler.

También hay niños que se sientan en las escaleras extrañando el frío pausado de la clase de matemáticas o de la de lengua que huele a viejito después de una tarde pegado al televisor con restos de cáscaras de pipas de girasol en las perneras y en el cuello de la camisa, en ciencias naturales si se puede oler de lejos los zuecos del caballo diseccionado de la página 39 o la rana con las patitas estiradas como cuando le vas a cambiar los pañales a un bebé de tres meses y le pones sobre la mesa del comedor y el niño se entrega las piernas descerrajadas y la mierda pegada en las ingles y en la parte más baja del ombligo, la mierda de un recién nacido dispara sin apuntar, con los años aprendemos a dejar la mierda en lugares fijos, pero esto no nos hace más hermosos ni nos devuelve la inocencia.

Yo he vivido cerca de Julia desde que me acuerdo, creo que cuando eres pequeño la gente se muda menos de casa, y cuando se mudan te sientes como un gato al que le mueven la mesita de la sala y la colocas en una esquina para dejar sitio a la alfombra que compramos la semana pasada, miras asustado, reconoces la mesita y aceptas la alfombra, su pelo apelmazado como el de un perro anciano, pero no entiendes los motivos que llevaron a los padres del Paco o del David a cambiarse a un segundo piso cuatro calles mas lejos de tu casa, yo no me cambié de casa hasta que mis padres decidieron lo contrario, y la decisión no fue enteramente suya, mi abuela se murió y la casa de mi abuela era grande, de dos pisos, con jardín, palomar y gallinero, caseta para perro, vivía sola pero guardaba las casas de las mascotas que vivieron con ella y se murieron antes, mis padres no esperaron a que se la llenara la cara de gusanos cuando tiraron las paredes y la escalera que llevaba al desván donde se amontonaban los baúles llenos de recuerdos de mi bisabuelo el que no tiene nombre y mi bisabuela la que vivió en Paris una temporada y en San Sebastián porque tenía dinero y era muy guapa.

Julia siempre ha vivido cerca de mi casa, unas veces se alejaba del río otras daba dos pasos hacia el frente y la ventana de su dormitorio se colocaba delante de los chopos que en invierno asomaban sus manos huesudas entre la niebla y en verano se llenaba de nieve caliente y espuma que nos hacia estornudar a todos, mi hermana estornudaba y se la ponía la cara roja, la nieve de los chopos en verano cubría el río y cubría los tejados, luego soplaba un poco de viento por la tarde y se llenaban las esquinas de los callejones de panes redondos de ganchillo y algodón de azúcar, y en la ribera una lengua de lana se manchaba de tierra y así pasaba hasta que llegaba septiembre y teníamos que regresar a clase.

A mi madre le gustaba llorar mientras cocinaba, yo la veía y me aguantaba las ganas de preguntar para qué eran las cebollas o si iba a hacer patatas fritas o arroz a la cubana, mi madre lloraba cuando cocinaba y luego tenía las manos frías, la boca seca, la carne blanda y llena de manchas, después de cocinar mi madre siempre huele a leche y cuando me acostaba por las noches el olor a leche era tan fuerte que yo cerraba los ojos cuando me daba el beso de buenas noches.

Un día mi padre trajo una jaula vacía y la dejó sobre la mesa donde el guarda sus herramientas, cuando se fue a trabajar después de comer yo metí un soldadito de plástico y lo deje cerca del vasito con agua que colgaba cerca de la puerta de rejas desgreñadas, no quería que la jaula se quedara sola, mientras yo estaba en la escuela, no fuera a regresar el jilguero y no hubiera nadie en casa para abrirle la puerta.

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