RUIDO

Publicado: septiembre 20, 2009 en POESÍA JASS

¿Cuándo dejamos de oír la voz?
Al principio siempre es sobrecogedor, el sonido cava trincheras tan profundas que no se puede diferenciar su presencia del resto de los muebles y de las preguntas. Pero cuando desaparece, entonces el hueco es tan grande que puedes sentir el crujido de la sangre subiendo y bajando por el caño de las costillas.

La ciudad tiene su propia lengua. Utiliza las palabras correctas para llenar los charcos que descansan como perros debajo de la panza de los automóviles. Puedes pasar toda la vida con la oreja pegada a la pared y no encontrar el sentido del estruendo que florece a tu alrededor. Puedes golpear con fuerza el rostro de ese chaval, empujarle a la locura, preguntar y preguntar y preguntar hasta que olvide su nombre, quebrar la razón y dejar que te ame y olvide las palabras que le mantienen con vida. Puedes suplicar la muerte con ternura, puedes meter el dedo en la herida y mancharte de oscuridad, puedes hacer todo esto y regresar al hotel, pedir una botella de vino, un club sándwich, y dormir como un anciano, con el disparo del amanecer latiendo entre las piernas.
La voz es lo único que te queda cuando estás a punto de perderlo todo.

¿Cómo suena cuando la ciudad ha muerto y caminan ciegos sus hijos buscando el calor de las farolas, de los cajeros automáticos?
¿Podemos encontrar un sustituto que nos mantenga callados o tendremos que cerrar los ojos y dejar que la selva nos devore?
Hay un espacio de sorda fascinación, primitivo deleite, regreso al calor de lo incomprensible pero necesario, el miedo como expresión y la violencia íntima sujetando con pinzas la verdadera naturaleza humana. El grito, el miedo, el dolor, que transforma e invierte las definiciones de la razón, y sin piedad, la purifican.
La selva ha empezado a tomar posicionas, a recuperar la dignidad perdida, perdida que no olvidada. La ciudad se escabulle y enseña la carne desnuda de su encia.
Huele a sexo cuando el mundo se derrumba, huele a perros enganchados, ríos de ceniza y virgo mandarina desgarrado, deshuesado, descosido. Aceitunas pisoteadas, algodón y mimbre sudando alborada.

Somos iguales, pero yo aún tengo la voz intacta.
La línea esta trazada y nos desplazamos con rumbos divergentes hasta tocarnos en un punto de fuga donde los niños se pintan las uñas de negro.
Luchamos para alimentar las raíces con el esperma de los ahorcados. Siempre estamos haciendo trampas, siempre nos jugamos la vida, el ruido de nuestros brazos, la caldera del sexo, el dolor de los naufragios, un lugar donde caer rendido y dejar las polaroids sobre la mesa. Nuestro dios todavía no ha jugado todas sus cartas, no ha dado la cara, puedes ser tú, o yo, dios no puede acceder a las respuestas sobre si mismo, responder es asumir la pertinencia de la pregunta. Dios es verbo. Acción, reacción. No hay espacio para la duda. Es el tipo que carga la bomba. Acción. La naturaleza de sus actos es ajena al entendimiento de los mismos: debe alejarse de los callejones mal iluminados. Dios es luz, el resto somos ángeles caídos. Nuestras dudas son cerillas en mitad de la tormenta.

Me dijo el taxista que habías parado frente al hotel Prado en Tepito y que te llevaba las maletas un güero con cámara de fotos.

Vamos a seguir dando vueltas al aeropuerto hasta que se me ocurra algo mejor.

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