(extrácto)

Publicado: febrero 21, 2010 en POESÍA JASS

Siempre hay un bar. Y si hay un bar, tarde o temprano Willburn lo encuentra. Entre las dunas del desierto de Thar, en los callejones orgánicos de las catedrales de basura del D.F., en la ciudad sagrada de Lak, en el valle del Kunda donde el consumo de alcohol está castigado con la castración, hay un lugar donde preparan los mejores mojitos de toda Asia. El bar del Vaticano, con su lista de espera, el último Papa no alcanzó a que su nombre estuviera entre los primeros puestos, lo mató un rayo mientras paseaba de la mano de dos vírgenes de 14 años en su chalecito en los Alpes, ahora es un santo. Las niñas, curiosamente trabajan en el bar, bailan y sirven copas con los pechos cubiertos por copias exactas de la Sábana Santa.
Y Willburn los conoce todos.
Ha bebido mezcal en Calcuta con la madre Teresa, varios presidentes y premios Nobel han llorado sobre su hombro en el karaoke de La Meca. En La Ciudad, detrás de la Piedra Negra, junto al Monkey Temple, está el Hannuman Bar. Aquí los sadhus gastan su limosna, los tullidos encuentran consuelo, sacerdotes de Kata y de Kali, su hermana cansada se besan en las mesas del fondo, mercaderes de vísceras y de recién nacidos, policías castrados, jugadores de ajedrez, barqueros y domadores de cobras.
Jeremiah bebe despacio, licor de tuétano, trago a trago, el mediodía de la razón abre las ventanas al patíbulo de la soledad.
Y donde el alcohol fluye, no tarda en aparecer una mujer.
Siempre hay un bar, y siempre hay una mujer al fondo de la barra para recordarte que a pesar de todo, sigues estando solo.
Koyal esquiva con la gracia de un pez a uno de los sadhus, completamente desnudo y absolutamente borracho, cubierto de una fina capa de ceniza azul, gira en redondo y aterriza sobre la barra con los antebrazos alineados bajo la frente. Masculla algo sobre la madre de Shiva, sobre su madre y las mujeres de algunas de sus reencarnaciones anteriores. El karma no le ha ayudado mucho. Lo seguirá intentando.
Koyal se sienta sobre las rodillas de Jeremiah, le canta al oído, no le hace falta cerrar los ojos para imaginarse en otro lugar. Un lugar donde el río no esté observando.
– Me llamo Koyal y hoy es mi cumpleaños
– Supongo que por eso estás sentada sobre mis rodillas
– Sí, cumplo 18 años ¿tienes nombre? Aquí casi nadie tiene nombre
– ¿Realmente importa? Jeremiah, me llamo Jeremiah. No me gusta decirle mi nombre a la gente, sobre todo cuando existen muchas posibilidades de que lo olviden al día siguiente.
Huele a naranja o a ciruela, nunca ha sido bueno para los olores. Tampoco para los sabores, cuando la besa el cuello, sabe a café con leche o a salsa carbonara.
– Yeri, eres un poco raro, creo que piensas demasiado las cosas. Pero no besas mal. Me gusta.
– Jaaaaaaaaa y tu eres demasiado pesada para tener sólo 18 años, como-sea-que-te-llames
– Koyal, y hoy es mi…
– Ya, ya ¿qué tomas?
-Güisqui, cienpipers
– Te invito a una copa, el resto te las pagas tú
– Me parece justo
– Mozo, un cienpipers para la señorita y uno de esos rones nacionales para mi.
– ¿OldMonk, sir?
– Ese mismo
– En seguida sir

La chica está caliente, una lengua incandescente traspasa la tela del pantalón rozando el muslo de Willburn. La sensación es agradable, primaria, maternal. Apura el trago, relame las rebabas. De entre las sombras una mano invisible sustituye el vaso vacío por otro recién servido, tintineante, los hielos se alegran de volver a verle.
– ¿Koyal, eh?
– Siiiií- remueve el culo, ajusta con precisión cada carrillo para hacer ventosa. Llega el momento de la mecánica popular, hay que sacar el gato neumático para levantar este precioso Cadillac.
-¿Podrías sentarte junto a mi? Me resulta complicado beber, fumar y tratar de mantener una conversación coherente con una jovencita que se sienta sobre mis rodillas el mismo día que legalmente puede empezar a follar con desconocidos. ¿O era al revés? Da igual.
– Claro, pero ya no somos desconocidos, se tu nombre.
– Estoy borracho, podría haberte dicho cualquier nombre
– ¿Podrías estar más borracho?
– Ya lo creo, pero no te recomiendo estar cerca cuando eso ocurra, y ocurrirá, te aseguro que tarde o temprano ocurrirá.
– Déjame cuidarte esta noche. Estaré a tu lado cuando lleguen los demonios y no dejaré que te hagan daño.
– Cuídate tú, chiquilla, a mi ya me conocen.

El sadhu trata de sacar tabaco, la maquina opone resistencia. Un tipo gordo, rubio, juega a la tragaperras, le guiña un ojo, baila al ritmo de la musiquilla del premio, la cajuela se llena de monedas.

comentarios
  1. Marie dice:

    interesante el juego de la chiquilla… quizas con el conocer el nombre de una persona ya puedas poseer su identidad…
    interesante bar… lascivo
    saludos

  2. Furtiva dice:

    Y así pasa con el mundo cuando se hace viejo: las niñas creen cuidar a los borrachos de los demonios que ellos mismos inventaron. Y se pasean con el deseo como si valiera sólo entre los dedos de un desconocido…

    Las noches en las que no necesitamos nombre son las más dulces, porque paseamos con identidades hechas de girones de destellos y sombras de los bares, que desaparecen al contacto con el amanecer. A veces, nosotros con ellas. Y a veces, para bien.

    Beso.

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