Jornaleros de viento

Publicado: marzo 19, 2010 en POESÍA JASS

Algunos callejones hacen hueco en su espalda, apenas un par de metros cuadrados, a veces la basura, otras, familias enteras de animales disparejos: perros, vacas, los cachorros de ambos conjugados en una bola de pelo y estiércol, respirando al unísono. Con suerte un hombre consigue hacerse con el espacio, extiende una cobija, cruza las piernas, prende una barrita de incienso y se incrusta a la piedra. sin plazo, una noche, un mes, un año.
Detrás del templo del mono, hay una de esas cápsulas, un hombre sin edad, sin forma, cuatro pliegues deforman su rostro, no son parte del proceso de envejecimiento, son el propio tiempo enquistado, las manos pulidas por kilómetros de cielo, el resto del cuerpo, se adivina un amasijo de extremidades, articulaciones, tronco, ordenados al azar, como si los hubieran apilado con prisa. Vende cometas a los críos, para ser exactos, vende hilo y vende el esqueleto de mimbre y papel de la cometa. Por separado. Cable para amarrarse al cielo, papel para anclarse durante horas a una nube o a un rastro de viento. Porque como con todo, el que tiene la llave no encuentra la puerta y viceversa, con las cometas y el hilo es igual.
-Viejo, necesito dos horas de hilo
-Viejo, quiero un kilo de nube

Y el viejo sin abrir los ojos desenreda el tiempo y el espacio, rodeado de pescadores. Por las mañanas, antes de que la ciudad abra las ventanas, en la última hora del reinado de los monos sobre los tejados, separa el sedal del anzuelo, y aparta un pedazo, no mas de un palmo. El primero en llegar siempre es el hombre que camina con las manos a la espalda. Pasa junto a él, saluda con las manos juntas a la altura del esternón, camina dos pasos, se detiene como si hubiera olvidado algo, regresa, vuelve a saludar, el viejo nunca responde al saludo, extiende la mano y le entrega el pedazo de cordón. El hombre sonríe, agita suavemente la cabeza, hilvana inconsciente el hilo entre los dedos de su mano izquierda y continua su paseo, con las manos a la espalda, aferrado firmemente al cabo que le mantiene de puntillas con los píes en la tierra. Luego llegan los primeros niños, jornaleros del viento, de camino a la escuela, aunque casi ninguno llega a cruzar la puerta.

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